Los límites del discurso posmoderno

– Zusammenfassung –

In dieser Forschungsarbeit wird eine mögliche Wendung diskutiert, in der sich die Regeln der modernen okzidentalen Gesellschaften ändern und somit Legitimation erhalten. Es wird die Gefahr hervorgehoben, dass der postmoderne Gedanke in seiner extremistischen Form dem Individuum und seiner Gesellschaft gegenüber eine scheinbare und falsche Befreiung verteidigt. Als Beispiel wird das Werk der Alice im Wunderland wieder aufgenommen, welches erneut die Dialektik des Wandels des traditionellen wissenschaftlich- akademischen Paradigmas in Richtung eines sanften Relativismus kreiert, der Ära der Form und der Erscheinung.

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Hoy día los individuos, todos, estamos sujetos a un grave y renovado peligro. Este enunciado resulta aterradoramente tangible en el hemisferio latinoamericano, en donde el agotamiento __ideológica y materialmente hablando__ y lento res­quebrajamiento del modelo del “Estado de Bienestar” ya fue puesto en marcha desde hace mucho tiempo. Y es que este fenómeno responde a una tendencia global. El neo-liberalismo recalcitrante, lle­vado a sus últimas consecuencias, es ya una realidad en un gran número de países. Las grandes corporaciones mul­tinacionales trascienden del terreno económico para intervenir en el político, ejerciendo una fuerte presión a los Es­tados para delinear la estructuración de las políticas públicas y los marcos jurídico-institucionales en las sociedades capita­listas. Mientras tanto, algunos intelec­tuales orgánicos caracterizan divertida­mente a esta transición como “el fin de la historia” y de las “ideologías”. La pos­modernidad, tal como la define Theodoro Adorno correctamente, parece ser una “modernidad sin tristezas”. Los mitos del progreso y la racionalidad científica, como supuestos sinónimo del pensamiento, han sido introyectados en buena medida por las personas. Las teorías del atraso y el subdesarrollo son gustosamente compra­das por las élites políticas y económicas a lo largo de nuestra América en la medida en que legitiman el monopolio del poder que ejercen.

Pero más allá de estos marcos y es­tructuras políticas, económicas y so­ciales que más bien advertirían una posible crisis en el modelo tradicional del Estado-Nación, existe un fenómeno cuyas raíces aún se encuentran sumidas en la más densa oscuridad y que considero, entraña un temible peligro para el ser-humano.  Por ello mismo me gustaría compartir en este espacio algunas de las ideas y nociones sobre las cuales han girado mies reflexiones, con el propósito de some­terlas a la más amplia discusión. Debo ha­cer notar que estas apuntaciones tienen un carácter exploratorio de la proble­mática en cuestión. El objetivo es tratar de identificar las variables o vetas de investigación, que nos revelarían los cor­tes de cambio y transformación. Aunque un análisis complejo aún permanece pendiente, me parece que existen los elementos conceptuales mínimos para esbozar un plan de acción futuro. Ello implicará la revisión de material biblio­gráfico extenso y una discusión más pro­funda de los postulados y paradigmas que guían la orientación de sentido en la ciencia occidental contemporánea.

En este trabajo sostenemos que la apro­ximación que pretende la corriente posmodernista en las ciencias sociales (el afamado giro lingüístico en la literatura por ejemplo, con parte de la obra de Ludwig Wittgenstein y Hayden White co­mo representantes) aunque en potencia un campo fértil para la discusión de nuevos problemas concretos y de método, encierra también una compleja paradoja. Ésta última es la que despierta nuestro interés particular. Ya autores de la talla de Herbert Marcuse, en su obra El hombre unidimensional han señalado la contradicción de pensadores como Lud­wig Wittgenstein al criticar a los análisis filosóficos complicados o dificultosos, pro­poniendo algo así como el estudio de las cosas por sus elementos aparentes o inmediatos. En términos concretos: un mero estudio descriptivo del estilo “la silla está colocada ahí”, “el limón es verde”. En lo que respecta a White, su desvelo por equiparar la metodología que implica  la construcción de la narrativa literaria con el discurso historiográfico, ha llegado a afirmar al ser entrevistado sobre el tema, que “la historia no es una ciencia o es una ciencia falsa”. Para este autor, del mismo modo en que el literato re-crea un mundo ficcional con las imágenes e ideas más variadas; el historiador re-hace el tiempo pretérito construyendo un discurso en base a una selección aleatoria de fuentes y documentación. Es decir, afirma que la validez de verdad en el discurso histo­riográfico es la misma que en el literario.

Los ejemplos anteriores son síntomas que señalan los principios de algo así como una neurosis académica. La crítica chapu­cera de los posmodernistas extremistas recae en doctrina reaccionaria: la historia es negada, y con ello sea de paso, toda posibilidad real de cambio. La mera des­cripción de los caracteres externos, obser­vables, medibles, tangibles, llámese la re-creación de lo inmediato, previene toda crítica. Las pautas de validación de lo ver­dad se reconfiguran. Ya  no son los valores como el prójimo, lo dionisiaco, lo divino, y la trascendencia los que la deter­minan. Es la era de la forma y la apa­riencia. Es decir, la verdad ha perdido su relevancia crítica, su esencia carece de toda importancia real, pues en adelante es su enunciación lo que importa, o más precisamente la manera particular en que se enuncia.

Una descripción magistral de este proceso cualitativo es representada en un pasaje es­cri­to por Charles Lutwidge Dodgson, me­jor conocido como Lewis Carroll, en su obra Alicia en el País de las Maravillas. En dicho texto, hay una escena, práctica­men­te al finalizar la obra, en donde la Reina Roja organiza un juicio y donde en un pun­to se juzgaba al culpable de haberse robado unas tartas. Tras una serie de peri­pecias hace acto de aparición un sobre en blanco, que es traído ante el jurado y los reyes por el conejo blanco. El contenido del sobre era un pedazo de papel con cier­tos versos escritos:

Dijeron que fuiste a verla
y que a él le hablaste de mí:
ella aprobó mi carácter
y yo a nadar no aprendí
 
El dijo que yo no era
(bien sabemos que es verdad):
pero si ella insistiera
¿qué te podría pasar?
 
Yo di una, ellos dos,
tu nos diste tres o más
todas volvieron a ti, y eran
más tiempo atrás
 
Si ella o yo tal vez nos vemos
mezclados en este lío
él espera tú los libres
y sean como al principio
 
Me parece que tú fuiste
(antes del ataque de ella),
entre él, y yo y aquello
un motivo de querella
 
No dejes que él sepa nunca
que ella los quería más,
pues debe ser un secreto
y entre tú y yo ha de quedar

Aunque de hecho los versos carecen de todo sentido y están completamente desvinculados del contexto del juicio, el Rey aprovecha para señalar que dicho poema era de hecho la prueba más importante que tenía el juzgado hasta el momento. Inmediatamente a su lectura en voz alta a la corte, el soberano pro­cedía a sustentar su afirmación a tra­vés de una serie compleja de disparates, para luego exigir que el jurado diese el vere­dicto. La facultad de ejercer  la verdad se limita a quien puede emitir efec­ti­vamente su voz. La esencia al fin y al cabo no im­porta, la validez reside  en quien la enun­cia.

Este juego que propone Carroll a lo largo de su libro, una constante dialéctica entre la lógica aristotélica tradicional (la voz de Alicia) y lo que podríamos denominar co­mo el posmodernismo extremista (el Rey y diversos personajes) nos da ciertas pau­tas trascendentales. Ciertamente la Alicia que imaginó Lewis en su momento es parte resultado de una sociedad inglesa victoriana, con sus pautas jerárquicas de moral y orden, con una racionalidad espe­cífica. De ahí se deriva la rigidez del pensamiento de Alicia y la gran insegu­ridad que demuestra su carácter (pues toda argumentación de peso que enuncia se ve necesariamente respaldada por una autoridad familiar o académica) pero tam­bién la posibilidad de la liberación y sus obstáculos. Disputando el monopolio dis­cur­sivo por el cual se ejerce la verdad (académico-cientificista) vislumbramos una herramienta de liberación que guarda una doble faceta. El posmodernismo, en su vertiente sincera puede estimular un re-planteamiento creativo de las problemá­ticas pendientes en la agenda del huma­nista. Pero de la misma manera encierra una contradicción congénita: su corriente doctrinaria predica una liberación falsa, la negación de la posibilidad real de cambio, y con ello la legitimación del orden impe­ran­te.

Me gustaría finalizar esta breve discusión apelando al sentido humano en cada uno de nosotros, pues considero que en dicho componente reside la verdad esencial para encontrarnos y re-encontrarnos en el otro. Solamente una crítica pensada y profunda es capaz de orientar el camino a la transformación. El papel del intelectual, y especialmente de los investigadores so­ciales, no se debe limitar meramente a señalar “objetivamente” las condiciones de su realidad, ese es solamente el primer paso.  En este sentido, como seres actu­an­tes y pensantes debemos desarrollar las herramientas y caminos que posibi­liten modificar nuestras circunstancias. Las instituciones, políticas y culturales son parte de nuestra creación, y por ende, sujetas a modificarse. Depende solamen­te de nosotros. Como en su momento señalase magistralmente Albert Camus, “uno no puede ponerse del lado de quien­es hacen la historia, sino al servicio de quienes la padecen”.

Emmanuel Heredia

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