Pobres son en su mayoria los niños

– Zusammenfassung –

In Mexiko, sowie in vielen anderen Ländern der sogenannten dritten Welt,  arbeiten Kinder. Es sind Kinder, die uns auf der Straße entgegen kommen, uns Tabak und kleine Kunstgegenstände verkaufen wollen oder gegen Geld unsere  Schuhe putzen.  Fast kann man sich an den Anblick gewöhnen, wo wir doch eigentlich erstaunt sein sollten. Als guter Tourist sind wird das auch. Wir geben den Kindern ein bisschen Geld und kaufen ihre Verkaufsgegenstände oder Dienst­leistungen. So fühlen wir uns besser und haben etwas Nettes, das wir als Souvenir mitnehmen oder verschenken können. Um unsere Augen wieder ohne Scham öffnen zu können, müssen wir uns in weltweiten sozialen Bewegungen zusammen schließen. Im Angesicht der vielen Probleme werden wir allerdings mutlos, was der große Fehler unserer  Generation ist.

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Ya lo había visto antes, pero creo que nunca le había dado tantas vueltas como ahora.

Quizás simplemente me acostumbré a verlos, o incluso puede que, de alguna manera, mis ojos evitaran enviar su imagen a mi cerebro, de forma que ni siquiera los veía. Hace poco vino un amigo a verme desde España, y cuando salimos de Yucatán, pequeña burbuja mexicana visitada por los extranjeros, hacia Chiapas,  sus ojos me ayudaron a verlos de nuevo….

En México, como en tantos otros países del llamado tercer mundo, los niños trabajan. Puedes verlos por todas partes, en el campo o en la ciudad, realizando diversos trabajos: llevando a las ovejas a pastar, vendiendo artesanías, barriendo, limpiando zapatos, vendiendo chicles y tabaco…Cuando abrí los ojos de nuevo, y pude volver a ser consciente ya no pude dejar de mirarlos y sentirme de alguna manera culpable.

Es algo que debería sorprender a cualquier persona, sobre todo a los privilegiados que vivimos en ese famoso primer mundo donde no se ve a niños que acaban de aprender a caminar vendiendo figuritas de barro en la calle. En realidad, nos sorprende, pero como algo pintoresco de los países que visitamos: les sacamos unas fotos como buenos turistas, les damos unos pesos, como buenos ciudadanos preocupados por los más desafortunados, y, felices tras haber limpiado nuestra conciencia, regalamos a nuestros amigos y amigas pintorescas figuritas de barro hechas por niños mexicanos mientras nos bebemos unas cervezas de regreso en nuestro seguro y desarrollado primer mundo.  Allí es posible que discutamos sobre lo mal que va el mundo, sobre la tristeza que la imagen de esos niños nos causa…pero generalmente nos quedaremos sim­plemente en eso, sin plantearnos cual es la base del problema, o si de alguna manera está en nuestras manos cambiarlo. De hecho, lo más seguro es que eliminemos, como me pasó a mí, esa imagen de nuestra memoria justi­ficándonos a nosotros mismos que desde allá (el primer mundo) no vamos a cambiar las cosas de acá (el tercero).

Sin embargo, la realidad no puede eli­minarse tan fácilmente… como dijo Eduardo Galeano: “Niños son, en su ma­yoría, los pobres; y pobres son, en su ma­yo­ría, los niños. Y entre todos los rehenes del sistema, son los que peor lo pasan. La sociedad nos exprime, nos vigila, nos castiga, a veces nos mata: casi nunca nos escucha, jamás nos comprende.”

Efectivamente, pensar en el trabajo infantil conduce inevitablemente al problema de la pobreza y el reparto desigual de este loco mundo y es ahí donde deberíamos atacar. Tras darle muchas vueltas a la culpabilidad decidí que no era la pena la que debe guiar nuestros actos, sino nuestras ideas y principios. Lo que debemos hacer ,tanto en nuestros propios países, como en aquellos que nos adoptan, es crear (o conseguir sacar adelante) un movimiento social de cambio que exija esos cambios a los grandes organismos mundiales y que los lleve a cabo, quizás al principio solo a pequeña escala. Escuché una vez que participar en un movimiento social es llevar a cabo nuestro derecho a la ciudadanía. Y como ciudadanos del mun­do es necesario crear conciencia colec­tiva, de manera que entre todos construyamos las bases del cambio. Poco vamos a solucionar unos cuantos turistas regalándoles tres cuadernos a diez niños. Hay que solucionarlo de alguna otra manera, que aun no he conseguido dibujar, pero que espero poder construir con esas personas que aún se cuestionan el funcionamiento de nuestro mundo. Lo primero que pensé cuando esto paso por mi cabeza es que se necesitan muchos cambios, y eso normalmente desanima. Ese es el gran error de nuestra generación.

Porque frente a los motivos para cerrar los ojos, se encuentran los motivos para abrirlos.

Andrea Estrella Torres

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