La revolución inconclusa: La lucha por la Tierra y la Libertad

Fue el 20 de Noviembre de 1910 cuando en México estalló el conflicto armado para derrocar al gobierno dictatorial de Porfirio Díaz quien con 34 años en el poder había sumido al país en una miseria generalizada, donde reinaban un puñado de hombres ricos quienes poseían la mayor parte de los medios de producción, incluyendo a los peones que vivían en sus haciendas.

No se sabe con certeza cuando la revolución mexicana llegó a su fin. Algunos especialista argumentan que con la promulgación de la Constitución de 1917, otros más con la llegada de Plutarco Elías Calles a la presidencia en 1924. Lo que si se puede reconocer es que la revolución de los de abajo por la Tierra y Libertad sigue sin consumarse.

Huelga de Cananea en 1906. Mural de David Alfaro Siqueiros (Fuente: divisiondlnorte)

En el sigo XXI los trabajadores mexicanos confrontan nuevos retos, pero que a la vez se asemejan a los vividos en tiempo pasado. Los nombres han cambiado, pero los enemigos del trabajador siguen siendo los mismos. México se encuentra secuestrado por unas cuantas familias que ostentan el poder, que ponen las reglas y que gozan de total impunidad. El gobierno federal que va de salida ha sido un completo fracaso: la generación de empleos prometidos nunca llegó, el combate armado contra el narcotráfico causó un baño de sangre, la violación a los derechos humanos por parte de militares y funcionarios públicos se incrementó, la emigración no pudo contenerse, los impuestos aumentaron y los salarios se mantuvieron. Además, el presidente Felipe Calderón Hinojosa se despide de los mexicanos enviando una propuesta de reforma laboral  al poder legislativo, que de ser aprobada permitiría a las empresas el contrato a prueba, el trabajo pagado por hora, el trabajo temporal o “outsourcing” y la reducción de las obligaciones de las empresas hacia con los trabajadores. Y por si fuera poco, en unos días asumirá la presidencia de México Enrique Peña Nieto, representando al viejo conocido partido político que gobernó el país por 72 años ininterrumpidos (1928-2000), el PRI. ¿Qué futuro le espera a los mexicanos de a pie?

Manifestación contra la reforma laboral en septiembre del 2012, Ciudad de México (Fuente: ibtimes)

Como un intento por revivir la historia y que esta nos alcance, les comparto un escrito de Ricardo Flores Magón, publicado en el periódico Regeneración un mes antes del inicio de la revolución mexicana en 1910. ¿Podremos todavía aprender algo de esta lucha social?

Manuel Toledo Hernández

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Periodico Regeneración 1o. de octubre de 1910

*Tierra

Millones de seres humanos dirigen en estos momentos al cielo su triste mirada, con la esperanza de encontrar más allá de las estrellas que alcanzan a ver, ese algo que es el todo porque constituye el fin, forma el objeto del doloroso esfuerzo, del penoso batallar de la especie hombre desde que sus pasos vacilantes la pusieron un palmo adelante de las especies irracionales: ese algo es la felicidad.

¡La felicidad! La felicidad no es de este mundo, dicen las religiones: la felicidad está en el cielo, está más allá de la tumba. Y el rebaño humano levanta la vista, e ignorante de la ciencia del cielo, piensa que este está muy lejos cuando sus pies se apoyan precisamente en este astro, que con sus hermanos constituye la gloria y la grandeza del Firmamento.

La Tierra forma parte del cielo; la humanidad, por lo mismo, está en el cielo. No hay que levantar la vista con la esperanza de encontrar la felicidad detrás de esos astros que embellecen nuestras noches: la felicidad está aquí, en el astro Tierra, y no se conquista con rezos, no se consigue con oraciones, ni ruegos, ni humillaciones ni llantos: hay que disputarla de pie y por la fuerza, porque los dioses de la Tierra no son como los de las religiones: blandos a la oración y al ruego; los dioses de la Tierra tienen soldados, tienen polizontes, tienen jueces, tienen verdugos, tienen presidios, tienen horcas, tienen leyes, todo lo cual constituye lo que se llama instituciones, montañas escarpadas que impiden a la humanidad alargar el brazo y apoderarse de la Tierra, hacerla suya, someterla a su servicio, con lo que se haría de la felicidad el patrimonio de todos y no el privilegio exclusivo de los pocos que hoy la detentan.

La Tierra es de todos. Cuando hace millones de millones de años no se desprendía aún la Tierra del grumo caótico que andando el tiempo había de dotar al firmamento de nuevos soles, y después, por el sucesivo enfriamiento de ellos, de planetas más o menos bien acondicionados para la vida orgánica, este planeta no tenia dueño. Tampoco tenía dueño la Tierra cuando la humanidad hacia de cada viejo tronco del bosque o de cada caverna de la montaña una vivienda y un refugio contra la intemperie y contra las fieras. Tampoco tenía dueño la Tierra cuando más adelantada la humanidad en la dolorosa vía de su progreso llegó al periodo pastoril: donde había pastos, allí se estacionaba la tribu que poseía en común los ganados. El primer dueño apareció con el primer hombre que tuvo esclavos para labrar los campos, y para hacerse dueño de esos esclavos y de esos campos necesitó hacer uso de las armas y llevar la guerra a una tribu enemiga. Fue, pues, la violencia el origen de la propiedad territorial, y por la violencia se ha sostenido desde entonces hasta nuestros días.

Las invasiones, las guerras de conquista, las revoluciones políticas, las guerras para dominar mercados, los despojos llevados a cabo por los gobernantes o sus protegidos son los títulos de la propiedad territorial, títulos sellados con la sangre y con la esclavitud de la humanidad; y este monstruoso origen de un derecho absurdo, porque se basa en el crimen, no es un obstáculo para que la ley llame sagrado ese derecho, como que son los detentadores mismos de la Tierra los que han escrito la ley.

La propiedad territorial se basa en el crimen, y, por lo mismo, es una institución inmoral. Esta institución es la fuente de todos los males que afligen al ser humano. El vicio, el crimen, la prostitución, el despotismo, de ella nacen. Para protegerla se hacen necesarios el ejército, la judicatura, el parlamento, la policía, el presidio, el cadalso, la iglesia, el gobierno y un enjambre de empleados y de zánganos, siendo todos ellos mantenidos precisamente por los que no tienen un terrón para reclinar la cabeza, por los que vinieron a la vida cuando la Tierra estaba ya repartida entre unos cuantos bandidos que se la apropiaron por la fuerza o entre los descendientes de esos bandidos, que han venido poseyéndola, por el llamado derecho de herencia.

La Tierra es el elemento principal del cual se extrae o se hace producir todo lo que es necesario para la vida. De ella se extraen los metales útiles: carbón, piedra, arena, cal, sales. Cultivándola produce toda clase de frutos alimenticios y de lujo. Sus praderas proporcionan alimento al ganado, mientras sus bosques brindan su madera y las fuentes sus líneas generadoras de vida y de belleza. Y todo esto pertenece a unos cuantos, hace felices a unos cuantos, da poder a unos cuantos, cuando la Naturaleza lo hizo para todos.

De esta tremenda injusticia nacen todos los males que afligen a la especie humana al producir la miseria. La miseria envilece, la miseria prostituye, la miseria empuja al crimen, la miseria bestializa el rostro, el cuerpo y la inteligencia.

Degradadas, y, lo que es peor, sin consciencia de su vergüenza, pasan las generaciones en medio de la abundancia y de la riqueza sin probar la felicidad acaparada por unos pocos. Al pertenecer la Tierra a unos cuantos, los que no la poseen tienen que alquilarse a los que la poseen para siquiera tener en pie el pie y la osamenta. La humillación del salario o el hambre: éste es el dilema con que la propiedad territorial recibe a cada nuevo ser que viene a la vida; dilema de hierro que empuja a la humanidad a ponerse ella misma las cadenas de la esclavitud, si no quiere perecer de hambre o entregarse al, crimen o a la prostitución.

Preguntad ahora por qué oprime el Gobierno, por qué roba o mata el hombre, por qué se prostituye la mujer.

Detrás de las rejas de esos pudrideros de carne y de espíritu que se llaman presidios, miles de infortunados pagan con la tortura de su cuerpo y la angustia de su espíritu las consecuencias de ese crimen elevado por la ley a la categoría de derecho sagrado: la propiedad territorial. En el envilecimiento de la casa pública, miles de jóvenes mujeres prostituyen su cuerpo y estropean su dignidad, sufriendo igualmente las consecuencias de la propiedad territorial. En los asilos, en los hospicios, en las casas de expósitos, en los hospitales, en todos los sombríos lugares donde se refugian la miseria, el desamparo y el dolor humanos, sufren las consecuencias de la propiedad territorial hombres y mujeres, ancianos y niños. Y presidiarios, mendigos, prostitutas, huérfanos y enfermos levantan los ojos al cielo con la esperanza de encontrar más allá de las estrellas que alcanzan a ver, la felicidad que aquí les roban los dueños de la Tierra.

Y el rebaño humano, inconsciente de su derecho a la vida, torna a encorvar las espaldas trabajando para otros esta tierra con que la Naturaleza lo obsequió, perpetuando con su sumisión el imperio de la injusticia.

Pero de la masa esclava y enlodada surgen los rebeldes; de un mar de espaldas emergen las cabezas de los primeros revolucionarios. El rebaño tiembla presintiendo el castigo; la tiranía tiembla presintiendo el ataque, y, rompiendo el silencio, un grito, que parece un trueno, rueda sobre las espaldas y llega hasta los tronos: ¡Tierra!

¡Tierra!, gritaron los Gracos; ¡Tierra!, gritaron los anabaptistas de Munzer; ¡Tierra!, gritó Babeuf; ¡Tierra!, gritó Bakounine; ¡Tierra!, gritó Ferrer; ¡Tierra!, grita la Revolución mexicana, y este grito ahogado cien veces en sangre en el curso de las edades; este grito que corresponde a una idea guardada con cariño a través de los tiempos por todos los rebeldes del planeta; este grito sagrado transportará al cielo con que sueñan los místicos a este valle de lágrimas cuando el ganado humano deje de lanzar su triste mirada al infinito y la fije aquí, en este astro que se avergüenza de arrastrar la lepra de la miseria humana entre el esplendor y la grandeza de sus hermanos del cielo.

Taciturnos esclavos de la gleba, resignados peones del campo, dejad el arado. Los clarines de Acayucan y Jiménez, de Palomas y las Vacas, de Viesca y Valladolid, os convocan a la guerra para que toméis posesión de esa Tierra, a la que dais vuestro sudor, pero que os niega sus frutos porque habéis consentido con vuestra sumisión que manos ociosas se apoderen de lo que os pertenece, de lo que pertenece a la humanidad entera, de lo que no puede pertenecer a unos cuántos hombres, sino a todos los hombres y a todas las mujeres que, por el solo hecho de vivir, tienen derecho a aprovechar en común, por medio del trabajo, toda la riqueza que la Tierra es capaz de producir.

Esclavos, empuñad el winchester. Trabajad la Tierra cuando hayáis tomado posesión de ella. Trabajar en estos momentos la Tierra es remacharse la cadena, porque se produce más riqueza para los amos y la riqueza es poder, la riqueza es fuerza, fuerza física y fuerza moral, y los fuertes os tendrán siempre sujetos. Sed fuertes vosotros, sed fuertes todos y ricos haciéndoos dueños de la Tierra; pero para eso necesitáis el fusil: compradlo, pedidlo prestado en último caso, y lanzaos a la lucha gritando con todas vuestras fuerzas: ¡Tierra y Libertad!

Ricardo Flores Magón

*Texto obtenido por medio de la Biblioteca Virtual Antorcha, Edición cibernética a cargo de Chantal López y Omar Cortes en el 2003

Más textos de Ricardo Flores Magón:

ArtikelAm 20. November 1910 begann der bewaffnete Konflikt in Mexiko gegen die diktatorische Regierung on Porfirio Díaz, der in 34 Jahren an der Macht das Land in eine Misere gestürzt hatte. Mexiko wurde von einer Handvoll reichen Mexikanern regiert, die zusammen den Großteil der Produktion inklusive der dort arbeitenden Bevölkerung besaßen.

Niemand weiß mit Sicherheit, wann die mexikanische Revolution beendet war. Einige führen die Ausrufung der Verfassung 1917 an, andere sehen das Ende der Revolution mit dem Beginn der Präsidentschaft von Plutarco Elías Calles 1924. Was man allerdings mit Sicherheit sagen kann, ist, dass die Revolution von unten, der Kampf um Boden und Freiheit kein Ende gefunden hat.

Im 21. Jahrhundert haben sich die mexikanischen Arbeiter neuen Herausforderungen zu stellen ohne jedoch, dass sich der Gegenspieler geändert hätte. Noch immer besitzen wenige Mexikaner und ihre Familien die Macht Regeln zu setzen und selbst Straflosigkeit zu genießen. Die scheidende Regierung hinterlässt ein Trümmerfeld: Die versprochenen Arbeitsplätze sind nie gekommen, der Drogenkrieg hinterließ eine einzige Blutspur, die Verletzung der Menschenrechte durch Militäranhänger und durch den Staat haben sich vermehrt, die Auswanderung konnte nicht gestoppt werden, die Steuern stiegen und die Löhne blieben stehen. Nun verabschiedet sich der Präsident Felipe Calderón Hinojosa mit einer Arbeitsreform, die, sollte sie vom Parlament verabschiedet werden, Verträge „auf Probe“, die Bezahlung der Arbeit nach geleisteter Stunde, befristete Arbeit, „outsourcing“ und den Abbau von Arbeitgeberpflichten gegenüber dem Arbeitnehmer weiter vorantreiben soll.

Nun wird in wenigen Tagen die alt bekannte Partei PRI, die das Land 72 Jahre lang ununterbrochen regiert hat, mit Enrique Peña Nieto wieder an die Macht kommen. Welche Zukunft erwartet die mexikanischen Bürger?

In dem Versuch die Geschichte zu lebendig zu halten, teilt Manuel Toledo Hernández mit uns ein Schriftstück von Ricardo Flores Magón, veröffentlicht in der Zeitung Regeneración einen Monat vor dem Beginn der mexikanischen Revolution 1910. Können wir noch etwas lernen aus diesem Kampf?

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