NEPAL de arriba abajo– dos viajeros que fueron por las montañas y volvieron con mil historias-

Entre penumbras, vacas rumiando y autos empolvados

“NEPAL: Never End Peace And Love” es la frase favorita que usan las agencias de viajes y comerciantes para atraer a los miles de turistas  – dicho de paso, el motor principal de la economía- que llegan de todos los rincones del mundo conmovidos por la gran diversidad cultural, religiosa y natural que este pequeño país del sur de Asia posee. Desde el Monte Everest, hasta la pequeña  ciudad de Lumbini donde habría nacido Siddhartha Gautama mejor conocido como “Buda”. Nepal es un país embriagante, fascinante, único. Pero, ¿habrá algo más detrás de todo el cliché comercial? Solo habría una manera de averiguarlo.

El avión iniciaría su trayectoria desde Kuala Lumpur hasta su destino final en Katmandú. Miraba alrededor de la inmensa ave mecánica -tres filas de asientos en los costados y cuatro más en medio- y algo era notable, probablemente el noventa por ciento de los pasajeros eran hombres, en su mayoría jóvenes y de origen nepalí. El ruido en el avión era descomunal, así como la desorganización de los pasajeros para abrocharse los cinturones, o evitar pararse mientras el avión despegaba. Fue una verdadera odisea para los sobrecargos controlar a su tripulación: uno de los pasajeros caminaba con dirección al baño en pleno aterrizaje, mientras detrás de él, una mujer sobrecargo lo perseguía junto con el tintineo de sus tacones negros y una mueca de disgusto. “Stupid, stupid” recuerdo que decía entre dientes.

Los dos chicos que se sentaron a lado mío –que no rebasarían los 25 años- me contaron que tenían ya un tiempo trabajando en obras de construcción en Kuala Lumpur y que con los ahorros viajaban de vez en cuando a casa para visitar a sus familias. Los dos de piel morena, cabello oscuro y ojos negros brillantes y redondos como canicas. Uno de ellos llevaba una chaqueta negra y un pantalón deslavado. El otro parecía más joven y regordete con el cabello lacio y largo, pequeño de estatura, con una camisa del club de futbol Barcelona y un reloj brillante en su muñeca izquierda. ¿Y por qué salieron de su país? se me ocurrió preguntar, “pues en nuestros pueblos no hay trabajo para los jóvenes y tampoco escuelas para seguir estudiando”.  Uno de ellos me contó -el del reloj brillante- que caminaba unas cuatro o cinco horas para llegar a la escuela secundaria. “Y cuando terminé la secundaria”, siguió diciendo, “la preparatoria quedaba a diez horas caminando desde mi pueblo”. Me preguntaba cuántos de ellos, los del avión, tendrían historias similares que contar.

Nepal es, para las naciones de las economías emergentes de la región, el país de las manos y piernas baratas. Miles de jóvenes nepalís son arrojados de sus pequeños pueblos en las montañas y recogidos por países del Golfo Pérsico, o del Sureste de Asia. Formados en filas impecables, bien presentados, hacen colas en las embajadas de los Emiratos Árabes Unidos o Malasia para que un burócrata les estampe una hojita de color lo cual les permitirá trabajar legalmente en estos países. Cuando bajan del avión bien formaditos, otro burócrata de migración les vuelve a estampar su hojita, y con esto empieza la odisea. De acuerdo al The Guardian cada día un obrero inmigrante, en su mayoría nepalí, muere en accidentes de trabajo erigiendo los estadios de futbol que serán la sede del Mundial en Catar 2022. Según este mismo reporte, si las cifras continúan su curso actual, se espera que al  menos unos 4,000 inmigrantes –de Nepal, India y Sri Lanka-  pierdan la vida en accidentes laborales. Otro informe narra como un puñado de nepalís lograron escapar de sus puestos en las construcciones y buscaron refugio en su embajada. Las historias que llevaron consigo  son trágicas: trabajando jornadas extensas bajo el sol del Medio Oriente a 50 grados centígrados, sin agua, sin seguro médico y con el pasaporte decomisado por las constructoras, las enfermedades abundan y no hay nadie quien vele por sus derechos humanos. Son -algunos periodistas dicen- el rostro de la esclavitud del siglo XXI.

Bajo las alas del avión, una ciudad casi en penumbras, eso era Katmandú. Al aterrizar, un auto Suzuki empolvadísimo, pero que alguna vez fue de color blanco, me esperaba en el aeropuerto junto con Marieke, mi compañera de vida y Surendra, mi amigo nepalí a quien tuve la fortuna de conocer en Alemania unos años atrás. En la entrada principal del aeropuerto  -un edificio que pareciera sacado de los años 50, construido con bloques de arcilla- había un espectacular con una bandera de Nepal y una frase que decía “El futuro de Nepal nunca estará en manos de extranjeros”. Leerlo me pareció como un epitafio para lo que actualmente está por venir en mi país, México -pero esa es otra historia-. Calles a oscuras con farolitos amarillentos sutilmente alumbrando los rincones, colgados en postes rodeados por marañas de cables entrando y saliendo de los edificios y las casitas. Vacas rumiando en las esquinas, mujeres, niños y perros buscando algo para comer entre las torres de basura que se acumulan a las orillas del rio Bagmati –uno de los más contaminados del mundo-. “El único problema de Nepal son los cortes de energía”, decía el joven taxista moviendo su bigote perfectamente recortando mientras paseábamos por los barrios semi-oscuros, evitando los baches, o al menos intentándolo.

Una de las calles principales de Katmandú. Descubre nuestra galería fotográfica completa en WirNosotros Photography

Una de las calles principales de Katmandú. Descubre nuestra galería fotográfica completa en WirNosotros Photography

Ya más tarde, cuando Surendra nos invitó a casa de su hermana Sirjana para cenar bajo la luz de las velas, entendí lo que el taxista nos quiso decir. Marieke y yo escuchamos con atención a ambos hermanos que nos narraron como los cortes de energía eléctrica son la norma en el día a día de los nepalís. -Mucho más ahora que la densidad poblacional en Nepal ha aumentado rápidamente en la última década durante la guerrilla. El gobierno ha impuesto estrictas medidas de austeridad como apagones de energía y recortes en el suministro de agua por al menos 8 horas diarias. “Pero en las áreas rurales es mucho peor” recuerdo que decía Surendra quien miraba a Sirjana luchando por prender una  de las velas que se había apagado por el aire que entraba de la puerta abierta de par en par. La cena fue deliciosa y abundante. Sirjana preparó el tradicional Dal Bhat –un plato de arroz basmati con lentejas, espinacas y pollo con papas asadas con algunas especias-.

Cuando Marieke y yo tomamos el taxi de regreso al hotel, en mi cabeza se apresuraban a estallar diferentes pensamientos y cuestionamientos: ¿Por qué las personas viven bajo estas condiciones? ¿Cómo Nepal ha llegado hasta el lugar donde se encuentra ahora? ¿Cuál es la historia detrás de un aeropuerto construido con bloques de arcilla, de las calles empolvadas, de los apagones de luz, de las vacas rumiando y el rio contaminado? ¿Por qué ese nacionalismo presente en el espectacular del aeropuerto, y por qué los policías y militares vigilantes en las calles? Muchas de las respuestas las sigo tratando de encontrar, algunas otras pude asumirlas más tarde.

En la mañana siguiente cuando visitábamos el antiguo palacio real –que desde hace un par de años el gobierno maoísta convirtiera en museo-, Surendra nos explicó que la sociedad de su país es muy compleja. En el pasado, pero incluso hoy en día la estructura piramidal está regida por castas donde cada una tiene su posición en la sociedad: desde la más alta que poseyera la realeza, hasta la más baja que se encargara de limpiar las letrinas de los baños públicos. Surendra -con cierta timidez y desconformidad- nos dijo que pertenecía a la segunda casta más importante, aquella donde están los burócratas, servidores públicos, intelectuales, comerciantes y miembros importantes del ejército. “Sin embargo, eso va a cambiar” mi amigo me decía mientras caminábamos por los jardines reales y observábamos un letrero con la siguiente leyenda “aquí yacía el cuerpo sin vida del príncipe Dipendra”  -más adelante sabríamos como habría muerto Dipendra junto con casi toda la familia real, incluyendo al rey Birendra, una noche de Junio del 2001-. En la actualidad el gobierno ha establecido nuevas formas de contratación en los puesto públicos, en las que cuando dos personas de diferentes castas compiten por una puesto de trabajo, el de la menor casta en jerarquía siempre es favorecido para obtener la posición.

Los matrimonios arreglados son la costumbre entre las familias de las mismas castas: los padres buscan a la mujer u hombre perfecto –ante sus intereses y creencias- para sus hijos. Un hombre con estudios merece a una mujer con ese mismo nivel intelectual y vise versa.  Los corazones rotos y las miradas tristes abundan entre los jóvenes, más de uno ha cometido la osadía de amar a la persona incorrecta, y con ello destinado su vida al pesar de nunca estar con ella o él, porque sus tradiciones arraigadas no lo permiten. “Pero, cuando yo tenga hijos, seguro seré diferente, ellos podrán elegir a sus parejas de vida, es lo correcto”, y tengo la certeza de que mi querido amigo no miente al decirme estas palabras.

Las castas de más alta jerarquía social han dominado el país desde siempre, turnándose el poder de vez en cuanto dejando entre turno y turno masacres, conspiraciones, regiones arrasadas y subordinadas por siglos enteros. No fue sino hasta mediados del siglo pasado que Nepal pasó de ser una monarquía absoluta, a una constitucional. Los primeros partidos políticos aparecieron y el Rey había perdido ciertos privilegios, aunque seguía teniendo el poder supremo de hacer y deshacer leyes a su gusto. El primer intento de democracia falló rotundamente, un poco por la ineptitud de los partidos políticos, la corrupción y muchos dicen también que porque Nepal no estaba listo para  la democracia. En los años 60 el Rey en turno tomó el poder absoluto y disolvió los todos partidos políticos, el país regresaría de nuevo a la monarquía absoluta. La dictadura monárquica acabaría en los años 90 cuando millones de personas a lo largo y ancho del país salieran a las calles clamando por una democracia: obreros, campesinos, clases medias, intelectuales, estudiantes y líderes políticos congestionaban las calles de Katmandú. La rutina se detenía: los autos no circulaban, los trabajadores se reusaban a regresar a sus puestos, los estudiantes tomaban las escuelas y universidades, los campesinos no araban el campo y los líderes políticos se declaraban en huelga de hambre. Varias centenas de cadáveres se esparcían en los campos y las ciudades, ese fue el costo que los nepalís pagaron para lograr acabar con el absolutismo del Rey. Meses después de las masacres, el rey  Birendra aceptó los términos. En la capital y los pueblos nadie pegaba los ojos ni para dormir, habría elecciones de nuevo en Nepal. “El movimiento del pueblo” había logrado establecer de nuevo una monarquía constitucional. La democracia tocaba de nuevo la puerta.

Cuando entramos a la habitación del rey Birendra en el palacio real, los tres pensamos que era bastante pequeña para ser la del monarca de una nación: de unos 30 metros cuadrados, con un enorme espejo al costado de una cama vieja y con sábanas grisáceas, fotografías privadas y un retrato de él mismo. En los pasillos contiguos aparecían puertas con más habitaciones: para la reina, los hijos, e invitados. En el salón principal habían un buen número de sillas doradas y alfombras rojas, la piel envejecida de un oso polar en el suelo, cabezas de rinocerontes y tigres del Himalaya disecados y  fotografías de mandatarios del mundo entero –Nixon, Reagan, Clinton, La reina de Inglaterra y muchos más- que alguna vez pusieron sus asentaderas en esas sillas carcomidas, y validaron los excesos del Rey contra su pueblo. El primer mundo estuvo aquí, en el palacio en ruinas, ahora convertido en museo y controlado por un gobierno comunista.

Detrás del palacio real, solía existir un salón para eventos privados de la familia. El cual fue demolido tras la masacre del 2001. En su lugar, solo queda un letrero oxidado que dice “Aquí la masacre real tuvo lugar”. Los libros y los dichos cuentan que una noche cuando la familia real se encontraba festejando en aquel salón, el príncipe Dipendra -borracho y colérico porque sus padres se oponían a su matrimonio con su enamorada- entró a la sala -donde todos se encontraban- con armas largas y cortas, abriendo fuego primero contra su padre el rey Birendra, después contra su madre y hermanos, asesinando a todos. Nueve miembros de la familia real fallecieron esa noche. Dipendra fue hallado agonizando junto a una fuente en el jardín, con un disparo en la cabeza. Días después, Dipendra murió. “El hijo del Rey mató a su familia y se suicidó” dicen unos, “no se suicidó, le dispararon, mira la forma en que entró la bala en su craneo” dicen otros, “es una conspiración de Gyanendra y su hijo Paras, ellos siempre han sido las ovejas negras de la familia” comentan los más atrevidos. En un país con un 51% de analfabetismo, conspiraciones y censura de los medios, la gente ha aprendido a contarse sus propias historias y creer lo que quieran creer. Nadie sabe que sucedió ese día: la escena del crimen fue borrada, los cuerpos cremados horas después sin practicar autopsias. Gyanendra, el hermano del Rey, ocuparía su lugar en el trono. Un pueblo divido lloraba la muerte de su realeza, otros más veían la oportunidad para acabar con la monarquía de una buena vez.

Thamel, el barrio donde convergen los turistas. En la imagen Marieke y Surendra. Descubre nuestra galería fotográfica completa en WirNosotros Photography

Thamel, el barrio donde convergen los turistas. En la imagen Marieke y Surendra. Descubre nuestra galería fotográfica completa en WirNosotros Photography

Después de pasar unos días increíbles con Surendra, llegó la hora de despedirnos. Él, seguiría su camino hacia Kabul -donde trabaja en una organización no gubernamental- y nosotros tomaríamos el autobús hacia Pokhara, la ciudad a las puertas de los Himalayas. Surendra nos condujo hasta nuestros asientos en el autobús, organizó que viajáramos en uno exclusivo para turista porque dice que nunca enviaría a un amigo en algo de menor calidad. Nos dimos un largo abrazo, sabiendo que nuestras realidades se apartarían de nuevo y que tal vez tendrían que pasar muchos años para encontrarnos otra vez. “Dios me habrá de proteger, estaré bien” dijo mi amigo, cuando le pedí que cuidara  de sí mientras estuviera en Afganistán. El autobús inició la marcha y vimos a Surendra desaparecer entre los autos, las motocicletas y el polvo de la ciudad.

La ciudad a la puerta de los Himalayas y nuestro amigo Hari

Pokhara es una ciudad distinta a Katmandú, más pequeña en población, más cómoda. La pobreza y los problemas sociales que son omnipresentes en la capital, pasan desapercibidos para las oleadas de turistas que llenan las calles de la ciudad, los hoteles, los restaurantes internacionales y las agencias de viajes. Ahí conocimos a Hari, quien guiaría nuestros pasos por los Himalayas y que al final de largos días de convivencia decidiéramos bautizarnos como los “hermanos perdidos”.

Hari tiene 35 años y lo que le falta de estatura le sobra de buen corazón. Es como una hormiguita: pequeño, compacto, con una sonrisa de niño que se desaparece entre su barba de dos semanas. “Slowly, slowly”, nos decía cuando notaba de nuestra fatiga tras caminar 6 horas por las montañas. Hari es quizás uno de los hombres más fuertes que he conocido: cargaba nuestra mochila repleta de ropa, baterías y lámparas, nuestros libros y chaquetas -y uno que otro chocolate- sin perder el paso. A veces, después de horas continuas caminando, cuando uno empieza a pensar en esto y aquello, hacía conjeturas si Hari podría cargarme y llevarme al siguiente pueblo de romperme una pierna o estar herido. Siempre llegaba a la misma conclusión: “si, si puede”. Hari tiene una esposa, dos hijos menores y una tiendita. “Cuando era más joven quería ser un Gurkha, pero no logré pasar el reglamento de estatura”, eso nos decía Hari, en una de las tantas pláticas que tuvimos entre los caminos rurales y los paisajes descomunales de los Himalayas. Uno de sus amigos si logró ser un Gurkha, murió en Afganistán sirviendo al ejército británico.

Gandruk es un pueblo enclavado en las faldas de los Himalayas, a más de dos mil metros sobre el nivel del mar. Este pueblillo colorido -donde banderitas budistas se alzan entre las casitas de barro y madera- es bien conocido desde las épocas del dominio británico en las Indias y hasta ahora, por ser el sitio de reclutamiento de un grupo de soldados elite de las fuerzas británica -y actualmente incluso de la India- llamados los Gurkhas. Hari decía que cada determinado tiempo los británicos llegan a Gandruk y reclutan a cientos de jóvenes mayores de 16 años, los cuales antes de ser seleccionados tienes que pasar por pruebas de resistencia física –algunos dicen que una de ellas es cargar mochilas llenas de piedras hasta el pico de las montañas y de regreso, algunas veces los chicos han continuado incluso teniendo fracturas expuestas con tal de ser reclutados-.  La recompensa por servir al ejército británico es una pensión de por vida, un salario semi-digno y un permiso de residencia para pasar los últimos años en el Reino Unido –claro, si los soldados sobreviven a la guerra. Para muchos nepalís, ser un Gurkha es cuestión de tradición y honor, para otros una forma de explotación. Los soldados nepalís reciben menores salarios que los británicos, siempre están al frente de las batallas, y por lo general no llegan a viejos. Es el precio que los jóvenes de este pueblito pintoresco tienen que pagar para llegar al primer mundo. “No, yo no quisiera que mi hijos fueran Gurkhas, ellos van a estudiar”, fue lo que Hari contestó cuando le preguntó Marieke si estaría de acuerdo en que sus hijos se alistaran para ser reclutados.

El pueblo de Gandruk, en las faldas de los Himalayas. Descubre nuestra galería fotográfica completa en WirNosotros Photography

El pueblo de Gandruk, en las faldas de los Himalayas. Descubre nuestra galería fotográfica completa en WirNosotros Photography

Mientras caminábamos por los angostos pasajes, imposibles de cruzar más que a pie o en mulas, algunas veces nos encontrábamos con hombres, mujeres y niños cargando inmensos paquetes de víveres y otras cosas, amarrados entre su pecho y cabeza. La vida en las alturas es dura, lo es para muchos nepalís. Pero más dura es si uno es mujer: por lo general son las que trabajan más, las que acarrean el agua, la pastura para el ganado -y otras cosas- cuesta arriba por kilómetros, todos los días. Si trabajan para un patrón, reciben un salario menor que el del hombre, son las que sirven el plato pero comen de último, las más analfabetas y las que mueren primero. Si bien, no es en todos los casos, si una familia de recursos limitados tiene una mujer y un hombre como hijos, siempre el hombre será favorecido para recibir educación y comida. Del total de personas que saben leer y escribir en Nepal, solo el 39% son mujeres. En el 2002 el congreso legalizó el aborto para sorpresa de muchos, y en el 2005 las mujeres fueron otorgadas con el derecho a obtener un pasaporte sin tener que pedir la autorización del marido, siempre que sean menores de 35 años. Todos estos hechos pasaban por mi cabeza cuando una mujer con la piel arrugada, las manos desgastadas por el trabajo y con un costal gigantesco en la espalda, levantaba la vista y con una ligera sonrisa me decía “Namaste sir”. Es muy común encontrarse a mujeres en los caminos con costales de naranjas, vendiéndoles a los viajeros para que estos recuperen la energía.

En uno de los senderos, cercano a Tadapani -el último pueblo que visitaríamos-, y casi al final de nuestra excursión por los Himalayas, encontré una frase escrita en letras amarillas en la puerta de una casita de madera: “Larga vida a los maoistas, unidos los trabajadores del mundo…”. Hace apenas 5 años habría sido peligroso aventurarse a cruzar por estos lugares, eso dirían muchos. Hace unos años las embajadas de los países occidentales lanzaban alertas en sus páginas web para evitar que sus connacionales intentaran internarse en Nepal, un país en medio de la crisis social y con un conflicto armado que duró una década. A finales del siglo pasado, los maoístas, un grupo guerrillero -el ala más radical de la izquierda en Nepal- lanzó un ataque directo contra la burguesía, el Rey y todos aquellos a quienes consideraba como “los opresores del pueblo”. Al principio, cuando el Rey se enteró que los maoístas habían tomado algunos pueblos del oeste, lejano de la capital, no se inmuto. Quizás, pensando que podría la revuelta consumirse por sí misma, que la gente no iba a respaldar a los maoístas. El conflicto escaló cuando los maoístas sistemáticamente destruyeron puentes, quemaron comisarías, estallaron patrullas, mataron y tomaron a miembros del gobierno como rehenes. En el 2001, el gobierno de los Estados Unidos enlistó a la guerrilla maoísta como un grupo terrorista y, más tarde, avaló la reacción del Rey al enviar tropas reales a acabar con la insurgencia. El conflicto terminó en el 2008 cuando los maoístas bajaron las armas y se instituyeron como partido político. Durante los años de insurgencia, unas 13,000 personas perdieron la vida. Instancias de derechos humanos como Amnistía Internacional denunciaron las graves violaciones cometidas por ambos bandos. Una historiadora, en su libro narraba como en esa época todo aquel que se sospechara que apoyaba a los maoístas era ejecutado y las mujeres violadas. Una mujer narraba la horrible pesadilla que vivió cuando sus tres hijos fueron ejecutados ante sus ojos por fuerzas leales al Rey bajo el cargo de ser comunistas, más tarde quienes delataron a los jóvenes confesaron que todo fue una mentira para vengarse de viejas disputas. Otra historia cuenta como un pueblo entero fue desaparecido cuando las fuerzas reales supieron que los pobladores dieron cobijo a miembros maoístas. Los sobrevivientes contaron que no tuvieron como evitarlo, si no permitían a los maoístas entrar al pueblo, quizás estos los habrían matado. Pueblos enteros quedaron en las ruinas, donde solo los fantasmas de los muertos deambulaban por las esquinas. Fue una época oscura en la historia reciente de Nepal. Quienes más sufrieron fueron los ciudadanos, que quedaron atrapados entre el fuego cruzado. Más tarde el taxista que me llevaría al aeropuerto para regresar a casa diría: “No importa quienes estén en el poder, el  pueblo siempre pierde”.

Una de las tardes que pasamos en Pokhara, visitamos un asentamiento de refugiados tibetanos al este de la ciudad. Alrededor de 2,000 personas habitan este pequeño asentamiento. En su interior hay un recinto sagrado donde unos 200 monjes budistas llevan a cabo sus ceremonias. Los rostros de las personas son delicados, con marcados rasgos asiáticos y piel bronceada, ojos pequeños y sonrisas amables. En los años 50, cuando el ejército chino invadió el Tibet, cientos de personas se refugiaron en Nepal. Muchos más refugios tibetanos se encuentran en las montañas de los Himalayas, viviendo en territorio de Nepal o la India. Todavía en la actualidad, su líder religiosa el Dalai Lama vive exiliado en la India. La mayoría de los refugiados tibetanos subsisten de la venta de artesanías y la producción de  leche, queso y lana de los yak –unos animales parecidos a las vacas, mucho más grandes y peludos que solo se les encuentra en las altas montañas-.

Hari, nuestro guía -y amigo- en las montañas. Descubre nuestra galería fotográfica completa en WirNosotros Photography

Hari, nuestro guía -y amigo- en las montañas. Descubre nuestra galería fotográfica completa en WirNosotros Photography

Era una mañana muy fría cuando Hari nos despidió con un cálido abrazo y la promesa que quizás en algún otro momento en la vida nos volveríamos a ver. Sin lugar a dudas, no olvidaré nunca a mi pequeño gran hermano perdido.

Los elefantes futbolistas y el safari en la Jungla

Nuestro siguiente destino fueron las planicies del sur. Muy cerca de la frontera con la India se encuentra  el Parque Nacional de Chitwan, conocidísimo entre los turistas por ofrecer recorridos de safari montados en el lomo de elefantes. Hogar de los rinocerontes y tigres de los Himalayas, que actualmente se encuentran al borde de la extinción. Los días pasaron entre recorridos por la selva, paseos por los pequeños asentamientos donde habita la tribu de los Tharu -con sus casitas de barro y paja- y mirando a hombres montados en elefantes jugando partidos de futbol usando a estos últimos como jugadores.

En las fachadas de las casas de los Tharu, los niños que habitan en ellas suele imprimir sus manos en colores llamativos, según la tradición “para atraer la buena fortuna”. En este lugar conocimos a “Mr. Bum”, así se hace llamar el dueño del hotel donde pasamos un par de noches. Mr. Bum es un señor entrando en los 40 años, de mediana estatura, piel clara, cabello lacio en forma de hongo, una barriga sobresaliente y un caminar peculiar. Él nos explicó –con su acento americano, por los años que vivió en California-  el evolucionar de esta región que lo vio nacer y que abandonó por un tiempo para buscar suerte en el extranjero, pero donde ha vuelto para establecer su pequeño hotel y otras facilidades para los turistas -de estas dos últimas cosas le falta mucho por aprender-. Mr. Bum nos contó que hace apenas unos años en esta región no existían más que los búfalos y las mulas para acarrear personas. Nunca podría haber imaginado en el pasado la posibilidad de encontrar un cajero automático para retirar dinero, ya que la gente de ese pequeño lugar no posee cuentas en los bancos. “Pero los turistas, sí” pensé después.

El Festival Anual de los Elefantes. Algunos de estos entrenados para jugar al futbol. Descubre nuestra galería fotográfica completa en WirNosotros Photography

El Festival Anual de los Elefantes. Algunos de estos entrenados para jugar al futbol. Descubre nuestra galería fotográfica completa en WirNosotros Photography

Llegamos a Chitwan con la promesa de ver rinocerontes, tigres y elefantes salvajes. Dejamos el lugar llevándo solo con nosotros un panfleto con un rinoceronte impreso en la portada. Fue lo más cerca que estuvimos de una de estas bellas criaturas.

Empacando mil historias ante de decir adios

Cuando finalmente me encontraba de vuelta en Katmandú. Cuando ya había acompañado a  Marieke al aeropuerto para verla partir de regreso a Alemania. De vuelta en el taxi -esperando un día para volver a Indonesia-, miraba por la ventana el ir y venir de los autos, el ensordecedor sonido del claxon de los vehículos, las calles empolvadas, los niños sorteando los autos y golpeando sus vidrios para pedir una limosna. Cuando una vaca rumiando pasó por delante del taxi y lo obligó a detener la marcha, trataba de hacer una remembranza de todo lo vivido. Habíamos venido por las montañas, pero lo que estábamos empacando en las maletas eran cientos de pequeñas vivencias, cortas historias, los rostros de la gente, de la mujer cargando las naranjas en aquel sendero, del refugio tibetano, de Hari el pequeño hermano,  de mi buen amigo Surendra y su familia.

La joven República de Nepal y su gobierno Maoista –que hace unas semanas perdieran las pasadas elecciones-. Nepal, uno de los países más pobres del mundo -codo a codo con naciones como Haití o la República Democrática del Congo- en pleno apogeo político y social, con una historia de miles de obstáculos me enseñó que cuando faltan los medios, es la dignidad  y el trabajo los que sostienen a la población.

El turismo está en su mejor momento, y con ello quizás muchos cambios tengan lugar. Nuevos capitales se aventuran a invertir su dinero en infraestructura turística. Pase lo que pase, ojalá siempre este pequeño país del sur de Asia sea capaz de mantener su promesa para el bien de su gente, aquella que leí al llegar al aeropuerto: “El futuro de Nepal nunca estará en manos de extranjeros”. Nepal demostró ser uno de los lugares más auténticos que he tenido la fortuna de visitar.

Algún día nos volveremos a encontrar.

Escrito por Manuel Toledo Hernández

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